jueves, 23 de febrero de 2017

La nada.

Camino a paso lento por una calle concurrida,
veo cuadros sinestésicos en cada esquina,
escucho los colores que emanan las palabras,
y aún así siento que no siento nada.

Recuerdo el tiempo aquél
y no tiempos aquellos,
en los que solía ir por cuadras ya conocidas
con una camisa de verano amarilla que combinaban
con mis anteojos rojos.

La monotonía de esas cuadras largas,
tan aburridas pero largas.

La exigencia no arribaba,
desde hace veinte años que tiene retrasos.
La conformidad se quedó,
desde que apareció como huésped nunca se fue
a excepción de tres veces.

Camino a paso lento
solo presenciando lo que siempre estuvo ahí
e ignorando lo que nunca fui
lo que pude ser
y lo que anhelo ser.

La sinestesia se agranda levemente,
la sinestesia anuncia la llegada
de la ansiada exigencia.
La monotonía no está vedada.

Corren los ácidos por las alcantarillas
y saltan los alcaloides por la vereda.
Vuelan los opiáceos a la altura de mi nuca
y levitan los mantras en ningún lugar.

La calle está con menos colores,
pero respiro un aire de satisfacción.
La monotonía se hace presente,
la monotonía no está vedada.
Llamo a la exigencia, en efecto,
la monotonía no está vedada.