miércoles, 3 de mayo de 2017

Sándwich de sol

No hacen más de 25 grados centígrados ni menos de 20 pero tengo una calidez que ha comenzado hace pocas horas, esta es una que no me incomoda en lo más mínimo, no me veo en la necesidad ni de tomar agua, ni de batir un abanico, ni de andar con ropa ligera ni nada que se parezca a todo lo anterior. Me da una impresión que puedo ponerme un tipo de ropa ligeramente abrigada, de esas que se ven bien en otoño y que no desentonaré con la situación, con el día de hoy, con la tarde de hoy para ser más preciso. Con un calzado cerrado casual hecho artesanalmente, pantalones grises que no son excesivamente holgados que siento se ajustan tal cual deseo, una camiseta blanca que no permita que el sweater liviano que me pondré no me vaya a picar y finalmente una boina café, más que nada para evitar peinarme (es demasiada la comodidad que no deseo perturbarle preocupándose por cómo quedará mejor mi pelo).

Agarro las cosas de hoy en día para guardarles en mi bolsillos o ser puestas; encuentro mi reloj, mi celular pero me desespero al no acordarme dónde dejé mi billetera y no encontrarle en mi escritorio, tampoco debajo de la cama ni en mi estante, como si por arte de magia fueran a aparecer en alguno de esos lugares decido repetir la tarea para lograr tener una desesperación mayor que me hace encontrar en la situación de decir en voz alta "¿Dónde estás?¿dónde te dejé?", y de manera similar, lo digo tal cual esperara que mi billetera me hable, no estoy seguro si lo hizo pero mi cabeza gira casi involuntariamente para tener a la billetera en el centro de mi vista, vaya comodidad debí haber sentido que no me di cuenta que estaban al lado de donde estaba la boina que llevo puesta. Tomo mi billetera mientras sonrío de una manera un tanto avergonzada. Creo estar listo y al ir tanteando con mi mano mi muñeca izquierda y mis bolsillos me percato que todavía me faltan las llaves. Repito un proceso similar en el que finalmente las encuentro en uno de los bolsillos de un saco que me había puesto hace un par de días.

Se cumple la formalidad de despedirse de quienes están en el hogar en el instante y al salir por la puerta el sol me recibe de frente, no exactamente incomodando, pero dando la bienvenida de hoy al mundo exterior. Toda la ropa está suave de manera no convencional o algún tipo de sensación extraña en la que siento haber hecho un peregrinaje hacia la ciudad desde un punto fuera de este mundo. Los parpados no pesan pues sienten la necesidad imperante de ver los tonos rojizos que se van proyectando en todo objeto animado y no animado, mi cuerpo decide moverse al ritmo del bajo, del piano, de la batería en armonía, obviamente, con la lírica.