sábado, 9 de diciembre de 2017

Con un plato de mango

Sonaban las cuerdas acústicas y las sinéticas en mi oído izquierdo mientras se escuchaban los gritos de alegría de niños y la conversación alegre de unos franceses que habían bebido un poco de más. Era ya bastante tarde, estaba acostumbrado a que ya a esta noche el sol se haya ido, pero ahí seguía, justamente en un tono anaranjado que no hace más que relajarte y sentirte tal cual Garfield creyendo que todo el mundo es una lasaña llena de placer. Duelen un poco los pectorales de tanto ejercitarme pero creo me he vuelto un tanto masoquista, o simplemente es el placer de sentir que no has desperdiciado la energía.

A las cuerdas acústicas se le suma una voz de una mujer de unos 30 años, o eso creo porque no le veo,. Le debo dar gracias al mar por no hacer tanto ruido cuando choca con la orilla, y al viento que ha hecho silencio para que no se levante la arena y me pueda llegar la música sin tanto ruido ambiental.

Mi cuerpo ha logrado retener el calor del sol, que se ha sellado con el viento que ya se fue y poco a poco empiezo a pasar a un plano donde al cerrar los ojos me voy a una carretera de nubes donde se siguen escuchando las voces francesas, las risas inocentes, las curvas de la guitarra y la pluma de la treinteañera, solo que no veo nada de eso. Lo único que veo es un cielo sin nubes ni sol, pero brillante, solo se ve un celeste claro y mis extremidades se duermen a tal nivel que tal no puedo ni levantarme para ver este paisaje parado, pero ya no importa mucho y decido sentir en lo más posible como ese horizonte se va torciendo a la izquierda, como si fuera un avión gigante que se va en picada.

Voy volviendo a mi cuerpo y me siento algunos años más joven, en un diferente espacio. Me siento en una suite de Gonf Kond viendo el pasar de varios barcos t el explotar de varios fuegos artificiales mientras adentro todos hacen chocar sus copas y yo me uno chocando la mía con el vidrio. Y agradezco que hay un vidrio entre mí y el paisaje de la ciudad, de otra los ruidos amistosos y familiares de la sala se mezclarían con aquellos de quienes no conozco...usualmente diría que no estoy interesado en conocerles, pero algo en esta ocasión hace que tenga algo de curiosidad por saber quienes serían las personas que gritarían si no estuviera la ventana.

Me doy la vuelta, veo la mesa casi vacía, excepto por un plato de mangos verdes y uno pequeño al lado que tiene un líquido bastante transparente pero que sé purifica más que el agua de manantial. Tomo un mango y lo unto gentilmente en el líquido del otro plato hondo. Me lo como y agarro otros 2 pedazos de mango que no los untaré.

Voy a la sala que está iluminada, llena de fotos, de ropas viejas y de unas cuantas nuevas, unos zapatos lanzados por ahí y unas pocas botellas de vino que ya no tienen contenido, excepto una sola que está parada en una esquina baja del sofá amarillo. La agarro y la bebo de a poco mientras me como los mangos.

Lo único que quiero ahora es quitarme el sabor de ese líquido transparente en que unté el primer pedazo de mango. Ácido, alcohol; ácido, alcohol; ácido, uva; verde, rojo; árbol, vid; placer y placer.

No espero nada de mañana, no le veo sentido a preocuparse a que haya un mañana.