martes, 30 de enero de 2018

Los que se quedan mirando

     El amarillo estaba parado frente al ventanal del trigésimo piso viendo a lo lejos cómo pasaba el tren de alta velocidad que a veces se escondía detrás de los edificios, el tren sólo se movía y por cada vez que no se le veía por más de cinco segundos el amarillo tomaba un poco de absenta de su vaso.
     El café se mantenía lejos del ventanal y prefería estar cerca de las mesas, mesas en las que habían decoraciones que podían ser tomadas (y algunas que solamente podían ser observadas) aunque también algún que otro elemento filoso que podía ser ocupado por las dudas, pensaba él.
     La verde estaba en el sofa más alto, moviendo la pierna izquierda en el aire con sus brazos haciendo de almohada, con la vista perdida en un lugar del techo donde ella creía caería bien un foco, de esos que cambian de colores con una aplicación en el móvil. Se imaginaba qué color quedaría mejor tomando en cuenta los muebles que habían y el día que hacía.
     El morado estaba en el espejo que hay antes de salir del departamento pero no se miraba porque le daba la impresión que primero debía "mirar para adentro", debía pensar como hablar con su hijo que hacía tiempo no veía ni sabía que seguía vivo. Apretaba los dientes cuando algo no salía bien en los ensayos mentales que él hacía. Botaba un poco de aire cuando una frase le causaba gracia y otro poco cuando alguna le angustiaba.
    La azul...ella no estaba en la misma sala, sólo se escuchaba la música excesive-chill que venía de su cuarto.

     El amarillo hace memoria de los tiempos en los que pensaba ser piloto de lanchas de carrera, se acordaba que máximo llegó a estar en campeonatos locales de Go-Kart, campeonatos locales via internet. Se tomó un trago más contundente cuando se acordó de esto, pero no porque quisiera olvidarlo, sino porque eso fue lo más cercano que estuvo de ser el piloto de lanchas de carrera que deseó ser por un momento. Brindó por eso.
     El café se acordó de esa vez que estando en una cabaña en un nevado de Óregon había tenido una cita con quien él creyó podría ser la persona indicada por la que su vida tendría algún motivo de existir, total la existencia de él como tal ya la tenía clara: se juntaron algún par de cromosomas por ahí y tuvieron su fiesta bien chida. Esa persona era el complemento total del café, no había nada que añadirle ni nada que quitarle, era perfecta como estaba, ni había que ponerle ni limón ni sal.
     La verde pensó en un violeta neón intenso que le hacía llevar a la parte trasera de su retina de grapheno cuando había tenido su primera relación sexual a distancia.
El morado golpea el espejo y su mano no sangra, ya no sangra por que azul ha muerto y no podrá decirle nada.