lunes, 16 de julio de 2018

Balacera


Un pedazo de la hoja de una planta cae en la pantalla de la computadora, una pantalla que está tendida en el césped, está horizontal, está paralela al césped, a la tierra que va cayendo al igual que ese pedazo de hoja que cayó y que no se sabe si es realmente una hoja o si es un pedazo del árbol como tal, ese pedazo al que llamaré Charlie al momento de caer en la pantalla era verde, un verde gris como el uniforme que tenían los franceses durante la primera guerra mundial, o la segunda, poco importa, una de esas que ocurrió en Europa de la nada...era de ese color al caer, y tal vez era de ese color al surgir del árbol, cuando se iba formando, o era de color rojo, pero no un rojo otoñal, sino un rojo de lava, pero que no surgía del magma de un volcán sino que surgía del dibujo de un niño de una guardería en Austin, un niño que le pintaba de rojo porque ese era el color de su gorro favorito que usaba en invierno, un invierno que le hacía memoria del viaje de vacaciones que tuvo en Osaka, donde comió su primer salmón, un salmón que tenía un color rojo menos intenso que el de su gorro favorito, menos intenso que el de la lava, menos intenso que el de la hoja, menos intenso que el de un salmón corriente. El cocinero de ese lugar donde Matías comió su primer salmón tenía un dedo amputado, pero no se lo había cortado al momento de preparar el salmón, se lo había cortado hace doce años cuando estaba intentado salvar a su hija de un secuestrador, él, el cocinero, desarmado, el secuestrador, con un cuchillo mal afilado, el secuestrador le decía al cocinero que no se acercara, que le haría daño a la niña, pero la verdad es que él no quería herir en lo más mínimo a la niña, y no lo quería hacer porque se acordaba de la idea que él había tenido de tener una nieta cuando fuera anciano y estuviera en El Cairo, relajado y recibiendo los rayos del sol sin importar si le quemaba la piel o no, tener una vida tan buena que ya no le importara eso, nada más le importaría su nieta. Mientras tanto en El Cairo real era de noche y se escuchaban los disparos que habían comenzado hace ya tres años y que no se habían callado ni una sola noche, exceptuando el momento en que hubo Black Friday y tanto terroristas, nacionalistas, pacifistas, civiles, comunistas, soldados, pobres y ricos pudieron estar en una calma mayor al comprar desenfrenadamente televisores y vendajes .

Sólo cayó una hoja, y su caída no ocasionó un terremoto ni un huracán.

Sólo cayó una hoja y no era roja.

No era roja como la lava.

No era la lava de un volcán.


No era un volcán real sino de un dibujo.


No era el rojo de un dibujo sino de un gorro.


No era el gorro de un niño sino el color de un salmón.


No era un dedo perdido por un salmón.


No era un secuestrador.

No era abuelo

No era una nieta.

No era quemadura de sol.

Pero sí era la balacera de la noche.