miércoles, 3 de octubre de 2018

colibri de tiempo

No hay una bola azul gelatinosa hecha de plasma que me recuerde a ti con tu mirada alzada y los labios apretados mientras veías abajo de lo que estaba frente tuyo, pero manteniendo la espalda recta y cruzando tu pierna. Cosa que duró solo 1 segundo y poco más pero que me hizo olvidar que estaba en esa bola azul gelatinosa que iba en picada hacia la izquierda y que cuando cortaba el viento lo hacía dejando unas estelas, dos a su izquierda y cinco a su derecha, las estelas se iban convirtiendo en alas que me hacían imaginarte en una pasarela con esa miasma postura en la que te vi solo que con ropa diferente, y en esa pasarela no había público, no había marca en el fondo, ni había flashes que te abarrotaban, solo estaba yo en una silla que no estaba al frente del final de la pasarela sino que estaba ligeramente puesto a la derecha, y tú no aparecías desde el final de la pasarela sino que aparecías a dos metros y medio de mi, y desaparecías al mismo segundo en que desaparecías cuando no estabas en la pasarela, no tengo muy claro cómo te imaginé vestida, pero se que estabas diferente. Sé que me haces acuerdo de quien nunca conocí, y sí, podría ser que me refiera a ti, pues de verdad nunca te conocí.

En la fábrica donde está la pasarela se puede ver en la parte superior un pájaro que entró quien (yo) sabe (no sé) por dónde, hizo un vuelo corto también, me da la impresión que del mismo tiempo que tú cuando pasaste al frente mío y no me viste, o al menos no a mi cara pero sí a mi cuerpo, o a algo parecido a mi cuerpo. El pájaro ese, de todas formas, no me llama la atención, solo le veo volar y no veo su volar como algo que valga la pena de ser admirado.

También veo a otra persona que mira a un vacío real pero que no existe, que me parece a veces otras personas crean para evitar mirar a lo que está frente a ellos. Pasa más tiempo que el pájaro y que ella al frente mío pero no tiene nada que haga valer la pena verle.

Pasa otra persona y tampoco vale la pena verle.

Veo a lo lejos como una carne acaricia a otra, no sé si acaricia la carne o acaricia el pelo que tiene la carne. Pero una de esas carnes, la que es acariciada, me mira, y mientras voy pensando en esto me percato que otro ser, otra mujer, otra fliba (porque se me hace más cómodo decirles así, que no es ni mujer ni chica, pero algo femenino que para mi vale la pena) me mira, pero yo no le alcanzo a ver en lo más mínimo, sólo me pareció ver pantalones verdes. La anterior, mejor dicho, la primera fliba tenía sus cuadernos en su brazo izquierdo y juraría que esta última los tenía en su brazo derecho; la primera tenía el pelo corto, la última lo tenía largo.

Un ragazzo también me mira...pareciera que es cierto lo que dicen acerca de la mirada, o de los ojos en concreto, y la relación que le ponen con el alma. Y de todas formas no hay una relación, es solo placer lo que hay.