domingo, 13 de enero de 2019

Mi amiga a quien no quiero perder.


Hoy me voy a topar con Maridaniela, no es realmente hace mucho que no le veo pero sí es una persona a la que me da gusto hablar y tocar cuando se está con ella. Ha decir verdad, no me acuerdo muy bien cómo nos conocimos pero creo que poco importa, seguramente habrá sido en uno de esos cafés nuevos que se abrieron como hace cuatro o seis años en los barrios periféricos al centro de la ciudad. Esos cafés ya estaban abarrotados y no se podía tener ninguna tranquilidad, de todas formas la gente iba ahí para sentarse en alguno de esos asientos de diseño simple, y que son solo cómodos por los primeros 45 minutos, además que te calientan el trasero y te lo hacen sudar, sin mencionar que algunos no tienen espaldar, porque se ven más bonitos. Es por todo esto que hubo gente que decidió crear cafés con el propósito de película de los cafés, no el sentido de mercadeo industrial de abarrotar cada puto metro cuadrado del local y dar bebidas sobrevaloradas que no tienen nada de nuevo. Sí, seguro en esos cafés que valen la pena le conocí a Maridaniela. Pero se supone que poco dice el lugar donde uno conoce a una persona acerca de esa misma persona. Maldición, es difícil no enamorarse de ella, pero también de alguna forma me enseñó que no hace falta enamorarme de ella para poder disfrutar su compañía, es una persona que incluso en una discusión no cambiarías el momento por estar con otra persona, pero de todas formas no te duele cuando le dejas, es alguien que sí vale la pena ser llamada amiga, una amiga que me respeta pero también me abraza, besa, golpea y acaricia con sus dedos cuando cree ella que es el momento oportuno, que es simplemente cuando ella quiere. Yo por el contrario me dedico a expresarle todo cuanto pueda con mi mirada, y en ocasiones, claro está, igual con mis manos. Pocas veces nos hemos besado, pero no como pareja, simplemente lo hemos hecho como personas que se estiman demasiado y que se tienen presente mutuamente, pero no por amor de pareja, sí por algún tipo de amor, ahora que me detengo a pensarlo, sólo que se me ha hecho tan común que ya no sé bien cómo llamarle, y es que creo que cuando ya vives algo en el día a día, se te hace cotidiano, y ya no te das cuenta que en realidad no es algo común para los demás, no te hace falta llamarle por algún nombre. Me acuerdo de una vez que yo estando bajo un sol extremadamente fuerte, caminando por un barrio que desconocía, o que en ese momento no le reconocía, veo a unas pocas decenos de metros una figura que se acercaba rápido, pero yo ya estaba insolado, mi visión estaba poniéndose borrosa y no tenía energía ni ganas de seguir parado o caminar. Había llegado a ese barrio pareciera que por un instinto de supervivencia de mi subconsciente luego de haber salido de la galería donde estaban expuestas mis fotografías ganadoras de un premio de hace dos años, con el único detalle que ya no sabía que tenían de simpáticas, llamativas, sugestivas ni buenas en lo más mínimo esas fotografías. Dentro de mí ya había renunciado a su autoría, eran de alguien más, de una versión pasada de mí, pero en definitiva no me pertenecían a mí, no en mi versión actual. Caigo al suelo que le siento suave, le siento como si fuera una cama abrigada de la que te tienes que levantar pero estás con flojera. Solo escuchaba en el fondo de mi cabeza, en la parte de atrás, una voz que decía la misma palabra cada vez más fuerte y con más angustia, eso era lo único que reconocía, lo fuerte de la voz y su angustia. No veía nada ya. Soñaba como estaba siendo levantado de ese infierno por una figura vestida con una gabardina de desierto negra, su cabeza cubierta con una capucha que se extendía hasta sus codos, no tenía rostro, pero su cara era de color blanco, sentía como me acercaba a su pecho. Tenía miedo de lo que estaba pasando. Al tener mi cabeza apoyada en su brazo izquierdo podía ver lo que había detrás. Era una ola de plasma llena de colores, pero la forma en que se movían los colores era espeluznante, parecía como si los colores de una Matrix se hubieran roto, pero no se mezclaban, se sobreponían, parecían papel celofán o gelatina, se creaban colores nauseabundos, demasiados para poder procesarles con tranquilidad pues se movían muy rápido. Esa persona en la gabardina de desierto negra y de cara blanca, una cara sin ojos, boca ni orejas, solo con un bulto en la mitad que era lo más parecido a una nariz pero no tenía fosas nasales. Me lleva lejos de esa plasma multicolor, me aleja demasiado rápido, tanto que siento mis ojos se van a salir, quiero cerrar los párpados pero se me hace difícil, sólo logro que me salgan más lágrimas y la visión se torne borrosa por estas. Suena un pitido bastante agudo que a momentos pareciera ser un grito desesperado, uno de esos que te desgarra pero sientes que no debes ignorarlo porque significa que alguien está buscando ayuda, me quiera mover, sabía que había alguien que estaba pidiendo ayuda y que no tenía mucho tiempo. Dejo de sentir la gabardina en mi cara. Ahora es el momento de levantarme, pensé, para ayudar a quien sea que esté gritando, pero cuando me levantaba sentía un peso en mi pecho, fue entonces que la vista se me fue poniendo clara, más blanca logrando ver la misma silueta que la persona de la gabardina, pero se me hizo familiar. Maridaniela vivía en ese barrio, me auxilió, llamó a emergencias pero sabía tenía mucho tiempo bajo el sol, o por alguna razón ella lo sentía, me dijo en otra ocasión. Hizo que un auto parara para llevarme al hospital, dijo que a pesar de encontrarme con los ojos cerrados cuando estuve botado en la calle en el auto tenía la vista perdida, muy parecido a como la tiene un ciego, solo que mis ojos no estaban tan abiertos como cuando se tiene la vista perdida, parecía que mi cuerpo estaba luchando por vivir pero mi mente quería irse ya. Maridaniela estaba llorando en mi pecho mientras estaba conmigo en la camilla cuando me trasladaban a la sala de emergencia. No me quería dejar, y es algo que no entiendo hasta ahora, cómo es que conociéndome tan poco en ese entonces se preocupó tanto por mí. Le quería decir algo para tranquilizarla mientras ella levantaba su cara y me miraba, me agarraba mi cara con sus manos refrescantes y yo veía como los enfermeros movían algunos de sus brazos para que la gente se aparte del camino, supongo, alcancé a ver un niño en los brazos de su madre, él me miró sin expresión, pero mi miraba atentamente. Vuelvo mi vista a Maridaniela porque ella me sacude logro decirle que ya estoy aquí, no hace falta hospital, estoy en un preocupado. Ella se ríe pensando que era una broma pero en realidad no podía hablar bien, solo me limite a descansar mi cabeza de nuevo mientras con mi mano derecha cubría su mejilla sintiendo sus sonrisa con mi pulgar y sus lágrimas con el índice.

Sonrío mientras veo mi vaso de té frío. ¿Tanto te hice esperar que te pones a llorar?. Levanto la cabeza y ya ha llegado ella, solo que no sé bien de qué habla. Se acerca a mí, primero con su mano para limpiarme la mejilla esté despejada. Sí sé que puedes hacer las cosas sin mí, me dice, me mira fijamente a los ojos y me río un poco nerviosamente a lo que ella me besa esta vez en la boca. Siento que mi mano derecho alcanza una de sus manos. Nos reímos, se sienta. Se quita un abrigo ligero y levanta la mano para llamar al mesero.

Ella es una amiga a quien realmente nunca quisiera perder.