sábado, 9 de marzo de 2019

Con una lámpara en el techo que prende a una bombilla de luz cálida mi cuarto todo se ilumina. Mi cama tendida me sostiene a mí y a mi computadora que sirve como estereotípica, no se le hace caso a la radio estéreo don bajos dedicados que tengo en el mueble de al lado. Desnudo de la cintura para abajo tengo mi celular en mi mano mientras veo un vídeo que encontré en Xvideos que me llamó la atención por su título de tendencia incéstica. La canción de The Moth & The Flame que suena en los parlantes de la MacBook me ambientan a un videojuego en el que la protagonista no es una chica semimarginal con talento para la fotografía quien puede retroceder en el tiempo, el protagonista soy yo, un chico con la manía gustosa de imaginarse todo cuanto viva como si fuera parte de una película juvenil alegre creada por productores de 30 años de edad. Al ver como el hombre del vídeo hace una llave sexual a la chica, la típica de los vídeos porno en donde la mujer tiene las piernas levantadas, llevadas hacia sí misma y atrapada por los brazos del hombre que le sujeta tanto los brazos como su cabeza, en posición vulnerable. No logro sentir la vulnerabilidad placentera que sufre la chica quien gime entrecortadamente al tener dentro de ella misma ese pene grueso y largo, digno de un vídeo porno gratuito. Me jalo y recubro mi pene con mi mano extasiado por la canción desentonan con el vídeo rudo. La sensación de tranquilidad que llevo desde hace dos o tres días se afianza. Cuando logro eyacular no pienso realmente en la bella chica acorralada, ni en el dominante y poderoso chico que está debajo de ella, pienso en la canción que acompaña a la toma de mí en contrapicada a una altura mayor de la que el techo lo permitiría.