sábado, 9 de marzo de 2019

Regreso a ver a la parte de abajo del puente desde donde estoy sentado en un parque cercano, el sol ilumina como lo hace en verano pero sin ser tan hostil y forzar el uso de protector solar. De todas formas lo debería usar. La sombra del puente se ve gentil, combina con el agua que pasa por debajo, tanto de la sombra como del puente. Un viento ligero hace que mi consciencia tome 13 años en un cuerpo al que solo le quedan cuatro años para cumplir un cuarto de siglo. Al ver la orilla del frente se superponen casas simples y agradables con edificios altos y asombrosos. Se confunden bicicletas, rollers y patinetas con Audis, Paganis y Lexus. De cualquier manera el ruido no molesto de las ruedas pasando por la calle que tengo atrás mío se mantiene sin importar lo que esté intentando ver del otro lado Del Río.

Cierro mis ojos para poner mi cabeza apuntando al cielo, pretendiendo que veo dragones naranjas y morados en un cielo de un celeste profundo que se acerca bastante al rojo de un jean que vi hace unas pocas horas vestir a una chica de chaqueta amarilla y polera verde. Los dragones van jugando al son de la música de una casa cercana que se va metiendo cada vez más en mi mente al tener mis ojos internos fijados en la danza de la pareja de dragones, una danza en la que no quieren toparse, solo quieren sentirse, quieren tocar una gaita con el viento que generan juntos al pasar cerca de sí. Sus escamas de flores, de ramas, se van sacando, dejando una lluvia ligera de pétalos y trocitos de eucalipto perfumando así todo el río. Aun con los ojos cerrados veo a lo que no se entiende si es pueblo o ciudad para dar paso a un escenario gigante de piso de roble barnizado.